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jueves, 18 de mayo de 2017

¿Hablas español o castellano?

Hace ya bastantes años, en una clase de grupo, mientras mantenía una conversación con mis alumnos, uno de ellos intervino para decirme de una forma muy enérgica que, para referirme a sus clases, no debía usar el término español sino castellano. Estupefacta por su seguridad e incomodada por su corrección, le pregunté porqué decía eso, y entonces me contó una confusa historia sobre el origen del español.



Pasado aquel trance con elegancia, lo cierto es que de una forma menos brusca, cada cierto tiempo sigo reviviendo una situación similar. Esto es, un alumno me medio reprueba que diga clases de español y no de castellano. Mi pregunta siempre es la misma y la respuesta casi también. Me he dado cuenta de que, el que más y el que menos tiene cerca a algún español que, no bien informado, cuenta batallitas entrañables (lo digo con cariño) a mis alumnos extranjeros.

Vale. Es cierto. Todos sabemos que el castellano es esa lengua románica que nació en Castilla, cuando España no existía como tal. Pero eso es una cosa y decir que yo no hablo o no enseño español es otra.

Así que, para aclarar algunos conceptos, me he animado a escribir lo que sigue. Por favor, que me perdonen las mentes románticas que ven en la palabra castellano un bastión por el que luchar.

Para empezar, diré que no es incorrecto referirse al castellano como la lengua hablada en España y en algunos países Latinoamericanos, pero la propia RAE recomienda el uso de la palabra español en este contexto. Es decir, cuando estamos hablando del español como lengua internacional (frente a otras lenguas como el inglés, el alemán, etc.), para evitar equívocos no deberíamos utilizar la palabra castellano. ¿Acaso has escuchado a algún ecuatoriano o a algún andaluz decir que habla castellano? Ambos hablan español, con variedades dialectales diferentes.

Un contexto distinto es aquel en el que queremos identificar las 4 lenguas oficiales que se hablan en España: catalán, gallego, eusquera y castellano. En este caso, podemos decir que el castellano es la lengua común hablada dentro del territorio español. Yo diría que es incluso respetuoso decirlo así porque el gallego, el eusquera o el catalán nos pertenecen tanto como el castellano y todos se hablan en España. Así pues, no creo que sea incorrecto decir que todas son lenguas españolas.

Aclarado todo esto, siento si alguien ve algún fantasma en el uso de la palabra español para referirse al segundo idioma más hablado del mundo. Las palabras no hacen daño, el uso que hacemos de ellas sí puede hacerlo.

Por las razones anteriores, aquí va mi petición, para que nadie que trate con extranjeros reniegue del nombre de la lengua que hablamos más de cuatrocientos millones de personas en el mundo. No es castellano, es español.

viernes, 5 de mayo de 2017

El lenguaje de los youtubers

Me encanta Youtube. Me parece una fuente inagotable de conocimiento en la que un gran número de personas comparte contenido de gran valor. Gracias a esta plataforma puedes aprender sobre casi cualquier cosa. A mí, por ejemplo, me gusta mucho ver vídeos sobre: emprendimiento, psicología, cocina, deporte, salud, belleza, decoración, etc. La lista es larga.

A menudo veo vídeos para actualizar mi inglés, pero a veces no sé si esto tiene sentido. Ya escucho mucho inglés en los canales de los youtubers españoles


Los youtubers son esas personas que trabajan como: creadores de contenidos, presentadores, editores, iluminadores, promotores, etc. Lo digo en serio, es una profesión para valientes, para gente que se quiere dejar la piel y que, si le va bien, a cambio puede llegar a obtener un gran reconocimiento no falto de haters. Porque eso sí, nadie se libra de ellos. Los haters están al acecho para despotricar contra los youtubers y hacerlos sentir mal. Son su Némesis, la cara oscura de esta nueva profesión. Para ser youtuber hay que estar dispuesto a lidiar con esto.

Como decía, me gusta Youtube y a diario veo vídeos curiosos o didácticos, o las dos cosas a la vez. Tengo ya bastante experiencia en esto del visionado, así que solo necesito unos segundos para saber si el que está al otro lado de la pantalla y lo que va a decir me van a gustar. Porque, para ser realista, no todos los youtubers son igual de buenos ni mucho menos. Y aunque un nivel alto de suscriptores puede ser una buena señal, no siempre es el mejor índice para valorar si merece la pena ver lo que publican. Al fin y al cabo, cada cual tiene sus fortalezas y a algunos se les da mejor el marketing que el desarrollo del contenido.

Sean buenos, malos o regulares, lo que he visto es que si eres youtuber casi es obligatorio usar anglicismos. Creo que si hubiera unos estudios para ejercer esta profesión (todo se andará), una asignatura sería: Anglicismos. Y como decía aquel, lo digo sin acritud, pues es solo un hecho que constato. Ya os contaba antes que estoy poniendo al día mi inglés, y ahora os cuento las palabras nuevas que he aprendido:

(Que ningún traductor me tome en serio, por favor)

  • Hater: Los mencioné antes. Son los malos del mundo Youtube. Están ahí para, dicho finamente, molestar. Lo mejor es ignorarlos.
  • Random: Aunque la traducción literal es aleatorio/a, a mí me parece que es la palabra que usan cuando quieren decir popurrí o van a hablar de algo que se sale del tema principal.
  • Live: Ya casi es un clásico. Se usa para hablar de una emisión en directo, sin edición.
  • Unboxing: Muy habitual en canales de belleza y moda. Normalmente el/la youtuber de turno desempaca un pedido que ha realizado y lo va describiendo sobre la marcha.
  • Story time: Estas palabras las usan los que ya tienen un buen nivel de inglés, y normalmente lo hacen de una forma correcta (a mi entender). Lo que no sé es porqué no usan palabras como:  historia, cuento, anécdota,…
  • Haul: Reconozco que antes de Youtube no había escuchado esta palabra en mi vida. Según wordreference, como verbo significa tirar, pero los youtubers la usan cuando van a contarte el montón de cosas que se han comprando no sé dónde. Aquí cabe mencionar que muchos de ellos se ganan la vida comprando cosas y comentando cómo les ha ido con ellas.
  • Fail: Error, fallo, fracaso,… Huyo de esta palabra. Si te gusta ver caídas, destrozos, descuidos,  gente haciéndose daño, etc. simplemente busca fail.
  • Tag: Esta, como la mayoría, es otra palabra que no se usa de forma literal. Suele aparecer en vídeos en los que se va a tratar un tema, por ejemplo: “tag despidos”. Es una palabra cuyo uso, ya sea en español o en inglés, veo innecesario. Para mí es como decir: “voy a hablar del tema cactus” en vez de “voy a hablar de cactus”, pero tal vez no la estoy entendiendo bien…
  • ¡Influencers!: La escribo con signos de admiración porque es el no va más. No hay otro igual.  No solo aparece en Youtube. Este anglicismo está en todas partes y creo que ya no necesita traducción.

Y todavía he aprendido muchas más, pero creo que este listado ya puede servirnos de guía y de punto de partida para una reflexión: ¿Se nos está quedando corto el español?

lunes, 24 de abril de 2017

Palabras gastadas


Algunas palabras después de un tiempo se gastan, sobre todo si se usan mucho y mal. Y esto pasa con muchos términos que proceden del ámbito de la psicología y la salud.



Hace años un profesor que tuve en la universidad, experto en autismo, nos contaba lo mucho que le molestaba que se utilizara el término autista para tratar de describir, a menudo descalificar, a alguien con pocas habilidades sociales. Nos explicaba que los que hablan de esta manera no son conscientes del daño que hacen a los familiares de personas con el mencionado trastorno. Sería algo equivalente -esto lo digo yo- a decirle a alguien: ¡celíaco!, tratando de ofenderle porque un día no quiere comer pan. Vamos, una cosa absurda.

Pues ya licenciada, y todavía muchos años después, yo seguía escuchando a mi alrededor comentarios como: “¿Qué pasa? Nunca me llamas… ¡¿Eres un poco autista o qué?!”, hasta que un día la palabra autista pasó de moda, o no sé, tal vez se gastó como tantas otras que vinieron después: bulímico/a, anoréxica/o, hiperactivo/a, etc. Nadie estaba libre de recibir alguna de estas denominaciones si comía demasiado, estaba delgado o tenía un comportamiento movido. Pero daba igual, a medida que se iban usando estas palabras, se iban gastando, iban perdiendo su significado y aparecían otras de las que abusar.

Hace poco una persona me contó que su jefe es un poco bipolar, que tiene una amiga borderline, y que su novio, al que supongo que quiere mucho, tiene un toc (trastorno obsesivo-compulsivo). Yo me mordía la lengua, cansada de su voraz etiquetaje, porque yo también fui una niña rara. Suerte que esta palabra con el tiempo dejó atrás su sentido peyorativo para pasar a ser un atributo muy guay. Lo malo es que dejé de ser rara cuando llegó este momento. Ahora tengo la desgracia de ser normal.

Raro/a es otra palabra que, de tanto usarse, estuvo a punto de extinguirse, pero la salvaron otras como especial y diferente, y durante un tiempo era muy común escuchar: “el chico no es raro; es especial”, y de tanto repetir la frase, a puntito estuvimos de echar a perder una palabra tan exclusiva.

Otras palabras que tuvieron su momento de gloria fueron: depresión, ansiedad y maniaco compulsión. El que más y el que menos tenía algo de esto, y así nos fuimos despachando a gusto, a costa de mentar trastornos mentales y emocionales, y trivializar con cuestiones muy serias.

La palabra que me parece que está de moda ahora es tóxica. ¿Quién no tiene a una persona tóxica al lado? De hecho, el volumen de personas tóxicas es tan creciente en estos días que la que no lo era seguro que ya está intoxicada. ¡Sálvese quien pueda!

Me pregunto de dónde viene esta costumbre de utilizar y reutilzar sin sentido todas estas palabras que describen síndromes hasta que dejan de tener valor en el habla popular. En psicología, a algo parecido se le llama ecolalia, pero por favor, que nadie la ponga de moda. Sería una pena gastarla. Como esta, no tenemos muchas otras...


jueves, 6 de abril de 2017

Una herramienta de organización revolucionaria

Hoy quiero hablar de una herramienta revolucionaria que puedes adquirir en cualquier parte del mundo. Como muchas otras, el día que empiezas a usarla se te hace un poco cuesta arriba, casi no entiendes su utilidad pero la usas porque te sientes obligado/a. Sin embargo con su frecuente utilización vas descubriendo que tiene muchísimas ventajas que no puedes ignorar:

  • No se cuelga
  • Siempre, sin excepción, reproduce toda la información que anotas en ella
  • Ni su uso, ni su acceso dependen de la batería de tu móvil
  • Todos saben usarla
  • Puedes compartirla siempre que quieras
  • Puedes elegir cualquier idioma para relacionarte con ella
  • A no ser que te la sustraigan, ningún error ajeno a ti puede hacerla desaparecer
  • Es totalmente personalizable
  • Usarla en exceso no irrita tus ojos, ni te marea, ni te provoca insomnio
  • Huele bien 


Por si a alguien se le escapa, estoy hablando del cuaderno, ese objeto de uso cotidiano durante nuestra infancia que arrinconamos cuando nos hacemos mayores. Y claro, las nuevas tecnologías no ayudan…

¿Cuánto tiempo llevas sin escribir con las manos? 

Hace tres años un alumno mío, mayorcete, se sorprendía de su mala caligrafía y se justificaba diciendo: “es que no escribo desde que salí de la universidad”. Yo le contesté: “Pues es una suerte, porque ahora ya no escriben ni en la universidad. Todos van con sus portátiles”.

Pero que quede claro; no repruebo el uso de las nuevas tecnologías. Lo que pasa es que me entristece la soledad del cuaderno, del cuaderno en general, de los cuadernos ajenos, porque eso sí, mis cuadernos tienen vida hasta la última página y en ellos escribo y garabateo de todo. No los dejo morir ni cuando los termino porque, si creo que en ellos hay algo interesante, los pongo en la estantería acompañando a sus primos hermanos, los libros.

Lo sé, ocupan espacio, el mismo espacio que trastos y bártulos en el trastero o en la habitación de al lado, pero decidimos desterrarlos y no darles ni la dignidad de ser usados un par de días seguidos. Para eso están el móvil y el ordenador, con los que puedes organizar, clasificar y guardar documentos digitales fácilmente. Pero acaso, ¿sabes dónde están mis primeros archivos creados en Word? ¡Claro que no! Yo tampoco ;-)


miércoles, 29 de marzo de 2017

La discriminación por razón de edad

Me escribió una chica el otro día porque quería que le diera clase. Quería saber si yo tenía disponibilidad y si mi tarifa encajaba con su presupuesto. Me comentó que ya tenía una profesora pero que no le convencía. Según decía, tenía la impresión de estar aprendiendo muy lentamente, y aunque yo sentí curiosidad por conocer la razón de su descontento, no quise entrar en tan delicada materia y preferí limitarme a darle la información que me pedía.

Le parecí cara; me lo dijo sin tapujos, e intentó arañar un descuento. Se lo negué y le expliqué porqué. Aún así, me insistió en que le ayudara a buscar otro/a profesor/a. Yo quise escucharla; nunca se sabe… tal vez podría ayudarla de alguna forma, pero entonces expresó su primer requisito: “que tenga mi edad, para hablar con ella de mis cosas y pasarlo bien”. La combinación “que tenga mi edad” y “pasarlo bien” me repateó un poquito el hígado, no voy a mentir. Enseguida pensé: “de buena me he librado…”




Superado el malestar que me generó la idea de que algunos jóvenes próximos a la treintena crean que alguien de 40 no puede hablar con ellos de “sus cosas”, ni es alguien con quien puedan “pasarlo bien”, me acordé de Mink.

A Mink le doy clases desde hace más de dos años. Muchos dirían que ya no necesita aprender más, pero su modesto objetivo es “hablar igual que un español”. Cuando lo dice me hace gracia. Intento bajarle los pies a la tierra para que no se dé de bruces (yo sé lo que me digo), pero al mismo tiempo trato de motivarlo para que siga mejorando. La verdad es que me fascina su ambición y su disciplina. Es un modelo a seguir.

Mink habla conmigo de lo divino y lo humano. Me cuenta y le escucho, le explico y me escucha, se corrige y le corrijo, aprende y aprendo con él. Por cierto, no lo he dicho: Mink tiene 18 años.

De vez en cuando a Mink le gusta tener clase mientras merendamos. A veces, incluso compartimos un batido, unas tortitas, o cualquier cosa que nos parezca demasiado calórica como para tomárnosla individualmente. Sabe que podría ser su madre, cosa que seguramente piensan los que nos ven tomando algo juntos en una mesa con bolis, libros y cuadernos, pero a él le da igual. Hasta bromea con ello.

En una ocasión, una camarera me trajo la cuenta de la merienda a mí (como es de costumbre) y yo, cansada de este gesto que por otro lado encuentro lógico, le dije a la chica bromeando con tono de enfado: “Hoy paga él, no voy a invitarle a más meriendas”, a lo que él contestó: “¡Mala madre!”. De inmediato nos echamos a reír los dos, y seguidamente le pedí disculpas a la camarera que, todavía perpleja, no sabía qué estaba pasando.

Podría escribir 1000 páginas sobre Mink y aún no lo escribiría todo. Llegó a Madrid con un pobre: “Hola, me llama Mink”, y ahora me cuenta su vida. Aún me hace muchas preguntas, titubea con palabras, se queda bloqueado eligiendo algún tiempo verbal, está peleado con la erre y hace tiempo decidió sesear el sonido de la ce porque “es un sonido ridículo”. Es imposible no reírse con él. Es imposible decirle que no a una clase.

Y ahora vuelvo a la chica de arriba, a la casi treintañera, la que tiene una profesora que no le gusta aunque no sabe muy bien decir porqué y quiere cambiarla por otra de su edad, más barata, para pasárselo bien. No puedo evitarlo; me desconciertan sus argumentos…

Entre Mink y la chica casi hay 10 años de diferencia, los mismos que me separan a mí de ella. ¿De dónde salió Mink? ¿De dónde salió ella? ¿Cómo se creo este abismo? No tengo la respuesta.

Lo que ahora sé es que por desgracia el edadismo o la discriminación por razón de edad empieza a asomar la cabeza en algunas profesiones como la mía y me asusta. Me da miedo. Donde antes la experiencia y la sapiencia que te dan los años eran valores remarcables, ahora llega la juventud como valor supremo porque es más… ¿divertida?

Suerte que existe Mink, y gracias a él no pierdo la esperanza en su generación, y confío en que la sociedad nos regale a muchos otros como él. ¡Gracias, Mink!