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15% o un poco de levadura: el valor de un profesor


Hace unos días me encontré enfrascada en una conversación sobre cuánto interviene un profesor en el aprendizaje de sus estudiantes. En realidad, la pregunta exacta era: hablando de una persona que está aprendiendo un idioma, si tuviéramos que decidir qué porcentaje de lo que sabe se debe a su profesor, ¿cuál sería?

Seguro que estamos de acuerdo en que este es un valor inmensurable, pues hay muchas variables que afectan al resultado final: exposición a la lengua, edad del alumno, aprendizaje previo de otras lenguas, talento natural para aprender idiomas, esfuerzo personal del alumno, etc. Sin embargo, a pesar de esto, cada persona tiene una idea bastante clara sobre cuál ha sido la influencia de sus profesores en su propio aprendizaje. Por eso, no es de extrañar que haya opiniones muy diversas.

Pero, volviendo a la conversación anterior, una de las personas presentes contestó algo como: “menos de un 20%”, a lo que otra respondió con sorpresa, “¿tan poco?”, girándose hacia mí para ver mi reacción.

Yo me quedé callada. No era la primera vez que escuchaba esa pregunta y tampoco sería la última, pero quería saber cómo se resolvería aquella conversación y qué pensaban mis interlocutores. Sin embargo, uno de los presentes, estupefacto por aquella respuesta descarada, que casi habían escupido a mi cara (única profesora en el grupo), me apeló: “¿Pero, has escuchado lo que ha dicho?” y entonces, dudé si responder o no con el relato de otra conversación similar que tuve hace años. Aquí va la historia:



Un día, mientras impartía clases de español a un entrenador de fútbol de un equipo de primera división, él me comentó: “el trabajo de un profesor es muy importante, ¿no crees?”, a lo que yo respondí con un silencio mientras trataba de averiguar cuál sería una buena respuesta. Porque honestamente, no sabía qué responder para no parecer arrogante pero sí hacerme valer como profesional de la enseñanza. Como la respuesta no llegaba a mi boca y sentía cierta urgencia por responder, le devolví la pelota a la gallega: “¿qué valor tiene el trabajo de un entrenador?

Mi alumno, con más edad que yo, más vivencias y más años dedicados a su profesión que yo a la mía, dijo sin titubear: “un 15%”, a lo que yo, tratando de ocultar toda sorpresa ante una cifra tan exacta y redonda, respondí: “no es mucho”. Él, con una sonrisa de medio lado, una ceja arqueada y toda la templanza que cabía en aquella enorme sala, me contestó con algo que lo cambió todo: “es cierto, pero, ¿conoces a algún jugador de fútbol que haya llegado a primera división sin un entrenador?”.

Aquella respuesta tan clara, resultado evidente de un análisis previo, marcó mi forma de valorar mi propia dedicación. Lo cierto es que yo no le habría respondido con un porcentaje mucho mayor, pues conozco bien la influencia de otros aspectos que he mencionado anteriormente. Y además, ¡yo también he sido alumna!

Sin embargo, esta especie de tendencia o necesidad que tenemos las personas de repartir la responsabilidad como si se tratara de una tarta, podría resultar humillante si no sabemos interpretar el reparto como supo hacerlo este entrenador. Por eso, creo que sería más fácil ignorar el tamaño de la porción y responder con otro símil en el que los ingredientes son los protagonistas: harina, huevos, leche, levadura,… Y, ¿qué tarta sube sin un poco de levadura?

¡Ah!, por cierto… Creo que el alumno es el calor. ;-)

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