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La discriminación por razón de edad

Me escribió una chica el otro día porque quería que le diera clase. Quería saber si yo tenía disponibilidad y si mi tarifa encajaba con su presupuesto. Me comentó que ya tenía una profesora pero que no le convencía. Según decía, tenía la impresión de estar aprendiendo muy lentamente, y aunque yo sentí curiosidad por conocer la razón de su descontento, no quise entrar en tan delicada materia y preferí limitarme a darle la información que me pedía.

Le parecí cara; me lo dijo sin tapujos, e intentó arañar un descuento. Se lo negué y le expliqué porqué. Aún así, me insistió en que le ayudara a buscar otro/a profesor/a. Yo quise escucharla; nunca se sabe… tal vez podría ayudarla de alguna forma, pero entonces expresó su primer requisito: “que tenga mi edad, para hablar con ella de mis cosas y pasarlo bien”. La combinación “que tenga mi edad” y “pasarlo bien” me repateó un poquito el hígado, no voy a mentir. Enseguida pensé: “de buena me he librado…”




Superado el malestar que me generó la idea de que algunos jóvenes próximos a la treintena crean que alguien de 40 no puede hablar con ellos de “sus cosas”, ni es alguien con quien puedan “pasarlo bien”, me acordé de Mink.

A Mink le doy clases desde hace más de dos años. Muchos dirían que ya no necesita aprender más, pero su modesto objetivo es “hablar igual que un español”. Cuando lo dice me hace gracia. Intento bajarle los pies a la tierra para que no se dé de bruces (yo sé lo que me digo), pero al mismo tiempo trato de motivarlo para que siga mejorando. La verdad es que me fascina su ambición y su disciplina. Es un modelo a seguir.

Mink habla conmigo de lo divino y lo humano. Me cuenta y le escucho, le explico y me escucha, se corrige y le corrijo, aprende y aprendo con él. Por cierto, no lo he dicho: Mink tiene 18 años.

De vez en cuando a Mink le gusta tener clase mientras merendamos. A veces, incluso compartimos un batido, unas tortitas, o cualquier cosa que nos parezca demasiado calórica como para tomárnosla individualmente. Sabe que podría ser su madre, cosa que seguramente piensan los que nos ven tomando algo juntos en una mesa con bolis, libros y cuadernos, pero a él le da igual. Hasta bromea con ello.

En una ocasión, una camarera me trajo la cuenta de la merienda a mí (como es de costumbre) y yo, cansada de este gesto que por otro lado encuentro lógico, le dije a la chica bromeando con tono de enfado: “Hoy paga él, no voy a invitarle a más meriendas”, a lo que él contestó: “¡Mala madre!”. De inmediato nos echamos a reír los dos, y seguidamente le pedí disculpas a la camarera que, todavía perpleja, no sabía qué estaba pasando.

Podría escribir 1000 páginas sobre Mink y aún no lo escribiría todo. Llegó a Madrid con un pobre: “Hola, me llama Mink”, y ahora me cuenta su vida. Aún me hace muchas preguntas, titubea con palabras, se queda bloqueado eligiendo algún tiempo verbal, está peleado con la erre y hace tiempo decidió sesear el sonido de la ce porque “es un sonido ridículo”. Es imposible no reírse con él. Es imposible decirle que no a una clase.

Y ahora vuelvo a la chica de arriba, a la casi treintañera, la que tiene una profesora que no le gusta aunque no sabe muy bien decir porqué y quiere cambiarla por otra de su edad, más barata, para pasárselo bien. No puedo evitarlo; me desconciertan sus argumentos…

Entre Mink y la chica casi hay 10 años de diferencia, los mismos que me separan a mí de ella. ¿De dónde salió Mink? ¿De dónde salió ella? ¿Cómo se creo este abismo? No tengo la respuesta.

Lo que ahora sé es que por desgracia el edadismo o la discriminación por razón de edad empieza a asomar la cabeza en algunas profesiones como la mía y me asusta. Me da miedo. Donde antes la experiencia y la sapiencia que te dan los años eran valores remarcables, ahora llega la juventud como valor supremo porque es más… ¿divertida?

Suerte que existe Mink, y gracias a él no pierdo la esperanza en su generación, y confío en que la sociedad nos regale a muchos otros como él. ¡Gracias, Mink!

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