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miércoles, 29 de marzo de 2017

La discriminación por razón de edad

Me escribió una chica el otro día porque quería que le diera clase. Quería saber si yo tenía disponibilidad y si mi tarifa encajaba con su presupuesto. Me comentó que ya tenía una profesora pero que no le convencía. Según decía, tenía la impresión de estar aprendiendo muy lentamente, y aunque yo sentí curiosidad por conocer la razón de su descontento, no quise entrar en tan delicada materia y preferí limitarme a darle la información que me pedía.

Le parecí cara; me lo dijo sin tapujos, e intentó arañar un descuento. Se lo negué y le expliqué porqué. Aún así, me insistió en que le ayudara a buscar otro/a profesor/a. Yo quise escucharla; nunca se sabe… tal vez podría ayudarla de alguna forma, pero entonces expresó su primer requisito: “que tenga mi edad, para hablar con ella de mis cosas y pasarlo bien”. La combinación “que tenga mi edad” y “pasarlo bien” me repateó un poquito el hígado, no voy a mentir. Enseguida pensé: “de buena me he librado…”




Superado el malestar que me generó la idea de que algunos jóvenes próximos a la treintena crean que alguien de 40 no puede hablar con ellos de “sus cosas”, ni es alguien con quien puedan “pasarlo bien”, me acordé de Mink.

A Mink le doy clases desde hace más de dos años. Muchos dirían que ya no necesita aprender más, pero su modesto objetivo es “hablar igual que un español”. Cuando lo dice me hace gracia. Intento bajarle los pies a la tierra para que no se dé de bruces (yo sé lo que me digo), pero al mismo tiempo trato de motivarlo para que siga mejorando. La verdad es que me fascina su ambición y su disciplina. Es un modelo a seguir.

Mink habla conmigo de lo divino y lo humano. Me cuenta y le escucho, le explico y me escucha, se corrige y le corrijo, aprende y aprendo con él. Por cierto, no lo he dicho: Mink tiene 18 años.

De vez en cuando a Mink le gusta tener clase mientras merendamos. A veces, incluso compartimos un batido, unas tortitas, o cualquier cosa que nos parezca demasiado calórica como para tomárnosla individualmente. Sabe que podría ser su madre, cosa que seguramente piensan los que nos ven tomando algo juntos en una mesa con bolis, libros y cuadernos, pero a él le da igual. Hasta bromea con ello.

En una ocasión, una camarera me trajo la cuenta de la merienda a mí (como es de costumbre) y yo, cansada de este gesto que por otro lado encuentro lógico, le dije a la chica bromeando con tono de enfado: “Hoy paga él, no voy a invitarle a más meriendas”, a lo que él contestó: “¡Mala madre!”. De inmediato nos echamos a reír los dos, y seguidamente le pedí disculpas a la camarera que, todavía perpleja, no sabía qué estaba pasando.

Podría escribir 1000 páginas sobre Mink y aún no lo escribiría todo. Llegó a Madrid con un pobre: “Hola, me llama Mink”, y ahora me cuenta su vida. Aún me hace muchas preguntas, titubea con palabras, se queda bloqueado eligiendo algún tiempo verbal, está peleado con la erre y hace tiempo decidió sesear el sonido de la ce porque “es un sonido ridículo”. Es imposible no reírse con él. Es imposible decirle que no a una clase.

Y ahora vuelvo a la chica de arriba, a la casi treintañera, la que tiene una profesora que no le gusta aunque no sabe muy bien decir porqué y quiere cambiarla por otra de su edad, más barata, para pasárselo bien. No puedo evitarlo; me desconciertan sus argumentos…

Entre Mink y la chica casi hay 10 años de diferencia, los mismos que me separan a mí de ella. ¿De dónde salió Mink? ¿De dónde salió ella? ¿Cómo se creo este abismo? No tengo la respuesta.

Lo que ahora sé es que por desgracia el edadismo o la discriminación por razón de edad empieza a asomar la cabeza en algunas profesiones como la mía y me asusta. Me da miedo. Donde antes la experiencia y la sapiencia que te dan los años eran valores remarcables, ahora llega la juventud como valor supremo porque es más… ¿divertida?

Suerte que existe Mink, y gracias a él no pierdo la esperanza en su generación, y confío en que la sociedad nos regale a muchos otros como él. ¡Gracias, Mink!

lunes, 20 de marzo de 2017

Lo que no se dice de los autónomos porque engancha

En mi último post hablé sobre muchas de las creencias que se tienen sobre los trabajadores autónomos. En unos casos intenté desmontar mitos y en otros, matizar algunas ideas, como aquella que señala que este tipo de profesional no tiene jefes o que decide cuándo tomar sus vacaciones. Explicaba que todo esto es bastante relativo.

Aún así, terminé mi escrito señalando que, efectivamente trabajar por cuenta propia tiene ventajas que es justo mencionar, especialmente porque son estas las características que a mi parecer, hacen muy interesante ser autónomo.



  • Intervienes activamente en tu desarrollo profesional
  • Intervienes activamente en el desarrollo de tu negocio
  • Eliges a tus clientes y colaboradores
  • Puedes aprovechar tus “ciclos de energía”
  • El aumento de tus ingresos depende de ti

Intervienes activamente en tu desarrollo profesional


Es posiblemente la ventaja que más me satisface. Como autónomo/a es mucho más fácil dibujar la senda profesional sobre la que quieres caminar. Puedes cambiar de proyecto con mucha más facilidad, introducir nuevas formas de trabajar, modificar tu área de acción, etc.  Son aspectos que dependen de ti y que no necesitan la aprobación de ningún superior.

Para explicarlo de una forma más concreta, como profesora de español, si quisiera, podría decidir trabajar con adolescentes utilizando una metodología concreta o dedicarme al diseño de materiales para clases de idiomas o impartir clases on-line. Cuando trabajas para otros te atienes a lo que te encargan hacer y no puedes abrir nuevas vías de acción solo porque te apetezca.

Intervienes activamente en el desarrollo de tu negocio


Esta ventaja está ligada a la anterior. Del mismo modo que puedes proyectar tu futuro profesional eligiendo el camino que quieres seguir, puedes hacer lo mismo con tu negocio a otros niveles y tomar decisiones de tipo económico, estratégico, etc., siguiendo tu propio criterio. Por ejemplo, puedes decidir contratar a otro autónomo, trabajar de forma intensiva 3 días en semana o cualquier otra cosa que se te ocurra, sin pedir permiso.

Eliges a tus clientes y colaboradores


Aunque no siempre es posible ser selectivo (y a veces tampoco es recomendable), lo cierto es que siendo autónomo/a puedes elegir con quién trabajas, qué clientes aceptas o quiénes son tus colaboradores. Es algo que, una vez más, no puedes imponer cuando trabajas para otros.

Puedes aprovechar tus “ciclos de energía”


Otro de los aspectos más interesantes de trabajar para ti mismo/a es la posibilidad de modificar tu ritmo de trabajo en función de lo que yo llamo: los ciclos de energía. Ni nos sentimos las 24 horas del día igual, ni somos igual de eficaces en todo momento. Y nadie mejor que una/o misma/o sabe en qué momento se encuentra.

Así que, excepto los horarios de trabajo que no dependen exclusivamente de nosotros (por ejemplo, en mi caso serían las horas en las que estoy impartiendo clases), en buena medida, el resto del tiempo puede ser invertido en diferentes tareas, según nuestras necesidades. Volviendo a los ejemplos prácticos, siempre que puedo, cuando llegan los últimos días del mes hago las facturas por la mañana, pues es un tipo de actividad que realizo mejor con la cabeza despejada. Sin embargo, si tengo que escribir, prefiero la tarde. Por alguna razón me resulta más inspiradora. 

El aumento de tus ingresos depende de ti


Obviamente esta, como otras ventajas, no dependen al 100% exclusivamente de ti, pero si eres autónoma/o tu disposición a trabajar más o menos seguramente repercuta en tu “nómina” a final de mes y todo lo que ganes será para ti.

Cuando estamos empleados por cuenta ajena, si bien cada cual acepta las condiciones de su contrato al iniciar la relación laboral, rara vez puede decidir cuándo disfrutar de un incremento salarial y, mucho menos, en qué proporción.

Sin embargo, aunque al profesional autónomo podrían influirle circunstancias ajenas como la situación del mercado o padecer una enfermedad que le impida trabajar unos días, normalmente dispone de más estrategias para aumentar sus ingresos que un asalariado (trabajar más horas, incrementar precios, reducir costes, etc.).

Y estas son, según mi criterio, las ventajas (realmente) interesantes de trabajar como profesional autónomo.

domingo, 12 de marzo de 2017

Lo que no se sabe de los autónomos

Ayer me contaba una conocida que está harta de su situación profesional. Desde que entró en el mercado laboral ha tenido más de 10 trabajos en áreas muy diferentes, y en casi todos se ha sentido explotada. De hecho, en la mayoría de los casos fue ella quien dejó su puesto de forma voluntaria, (con crisis económica y de empleo de por medio), porque no se sentía a gusto.

Ante esta situación de malestar, me explicó que está pensando en hacerse autónoma para no tener jefes. Así, en abstracto. En realidad, no sabe qué quiere hacer… Ni siquiera tiene una ligera vocación después de haber desarrollado tantas funciones diferentes en su vida, pero eso sí,  quiere ser autónoma.

Al escuchar esto, automáticamente brotaron en mi cerebro algunas palabras que no está bien que escriba por aquí, pero después, con más calma me cuestioné: ¿qué le hace pensar a una persona que cuenta con este background de insatisfacción profesional y sin una motivación clara, que trabajar por cuenta propia es mejor que trabajar por cuenta ajena? y ¿cualquier persona vale para ser autónomo?


Para responder a estas preguntas, me hice otra: ¿qué piensan los trabajadores por cuenta ajena sobre lo que significa ser autónomo? En seguida me llegaron las respuestas que yo misma daría si estuviera en ese lugar:

  • No tienes jefe
  • Decides cuándo trabajas (tu horario es flexible)
  • Si no quieres hacer un trabajo, no lo haces.
  • Eliges cuándo tomar tus vacaciones
  • Pones el precio a tu trabajo
  • Ganas más que si trabajaras para una empresa
  • Te autorrealizas haciendo lo que quieres

No tienes jefe

 

Sí lo tienes. Es tu cliente. Aunque no tengas un contrato formal escrito que te comprometa con alguien, ni tengas que reportar sobre lo que haces a otra persona, el que te paga el salario a fin de mes es tu jefe y si tu jefe no está contento, podrías no tener más trabajo.

Cabe añadir que no todas las personas valen para trabajar con iniciativa propia sin que alguien te dé pautas sobre los pasos que debes dar en tu trabajo diario.

Decides cuándo trabajas (tu horario es flexible)

 

Esta es una verdad a medias porque no siempre puedes trabajar cuando quieres. Normalmente trabajas cuando puedes y eso es distinto. He conocido a muchos profesionales autónomos, entre los que me incluyo, que en ocasiones trabajamos en fin de semana, por la noche, de madrugada, etc. Y eso, creo que en el 100% de los casos no es algo que queramos hacer. Es algo que sabemos que a veces tenemos que hacer.

Si no quieres hacer un trabajo, no lo haces

 

Otra idea discutible. Es verdad que yo he rechazado trabajos que no he querido o no he podido hacer por diversas razones, y esto es algo que normalmente no puedes hacer cuando trabajas por cuenta ajena. Aún así, dependiendo del volumen que se tenga de trabajo, en ocasiones tienes que aceptar trabajos que preferirías no hacer.

Eliges cuándo tomar tus vacaciones

 

Una vez más es difícil estar de acuerdo con esta declaración. Porque, a no ser que te sobre trabajo durante todo el año, los autónomos cogemos las vacaciones (si las cogemos) cuando menos dinero perdemos. Yo siempre digo que nuestras vacaciones valen por dos. Así, si coges 10 días de vacaciones, tienes 10 días de gastos extraordinarios + 10 días sin ingresos. Es como para pensarse muy bien cuándo escoger las fechas, ¿no?

Pones el precio a tu trabajo

 

Puede que esta sea la idea con la que puedo estar más de acuerdo. Sí, es cierto que en muchas ocasiones tú puedes decidir qué vale tu trabajo, pero dependerá mucho de los resultados que puedas garantizar, lo cual tiene mucho que ver con tu experiencia en la materia y tus años de “antigüedad”.  Aún así, siempre tienes que ceñirte a la horquilla que se maneja en el mercado y contar conque no siempre van a aceptar lo que pidas. La competencia es dura.

Ganas más que si trabajaras para una empresa

 

Creo que si esto fuera cierto, la mitad de los españoles seríamos autónomos. Comparar salarios entre trabajadores por cuenta ajena y por cuenta propia es muy difícil. Si pudiéramos comparar con facilidad los salarios brutos de ambos grupos, todavía tendríamos que tener en cuenta los pagos a la seguridad social, los gastos indirectos, las vacaciones, el IVA (en caso de que haya que declararlo), etc. 

No puedo hablar de datos concretos pero, sobre todo cuando llega el periodo vacacional, tengo la impresión de que los autónomos no cobramos más...

Te autorrealizas haciendo lo que quieres

 

Sí. Yo estoy de acuerdo con esto, pero no es el caso de todos los autónomos. No debemos olvidar que muchos/as tomaron este camino para enfrentarse a una situación laboral delicada y no siempre lo hicieron eligiendo su actividad profesional ideal. Aunque está genial perseguir tu vocación, muchas personas trabajan en lo que pueden.

Por último, a todas estas “bondades” de la condición de un freelancer hay que añadir un gran pero del que rara vez se habla: la soledad del autónomo. Pero, para no ponerme más dramática, dejaré este tema para otra ocasión, y además también aprovecharé para explicar porqué a muchas personas, a pesar de los pesares, nos encanta ser autónomas. Ya podéis adivinar que también tiene cosas muy buenas… :-)



martes, 7 de marzo de 2017

Cuando lo digital no supera a lo humano


Dicen que aprender con máquinas es el futuro, que un día no existirán profesores y que gestionaremos nosotros mismos nuestro aprendizaje. 

Paradójicamente, en la década del coaching algunos piensan que cambiar un tutor de carne y hueso por una plataforma web es “evolucionar”. Pero si evolucionar es desarrollar un cambio positivo, creo que hasta que una plataforma web no tenga inteligencia emocional, capacidad empática y de adaptación no podremos decir que lo digital supera a lo humano.


¿Puedes imaginar decirle a una plataforma: “mira, hoy tengo un mal día, no he dormido bien, pero no quiero perder la clase. ¿Te importa si tenemos una clase más ligera?”, o “oye, ya sé que hemos visto este tema varias veces, pero ¿podemos revisarlo de nuevo?, quiero hacerte algunas preguntas más”.

Y es que, la actual efervescencia de mentores, entrenadores personales, guías espirituales, coaches, etc. es muy probablemente la respuesta a un mundo que se está “digitalizando” demasiado rápido. Por eso, está naciendo la necesidad de tener una guía que nos devuelva a la realidad, que nos fije los pies al suelo y nos baje de la “nube”.

Es un error olvidar que las personas nos sentimos bien cuando aprendemos acompañados, cuando podemos hacer preguntas propias, cuando nos sentimos apoyados, motivados, escuchados, etc., y hasta donde yo sé, hoy día no hay máquina que pueda aportarnos esto.